miércoles, 10 de noviembre de 2010

Bienvenida.

BIENVENIDOS AL BLOG EDUCATIVO DEL 2ºA.
Integrantes:
COLEGIO SALESIANO CONCEPCION.
Prof. Daniel Alarcón.

*El objetivo del blog, es informar a los visitantes, cuales son los mundos ficticios creados por la literatura. Dándoles a conocer con ejemplos, definiciones y un cuento creado por nosotros mismos.




Bienvenidos a este Blog Educativo.

Esperamos que aprendas y que lo disfrutes.





Mundo Cotidiano.

Mundo Cotidiano,

Esteban Medina

Definición mundo cotidiano

Bueno este mundo es creado por la literatura y sus principales características son que su temática no se sale de la realidad de este mundo ósea todo lo que ocurre en el cuento puede ser vivido con normalidad por cualquier persona.

Ejemplo de mundo cotidiano

ASUSTAOS!! CAGAOS!! NERVIOSOS!! esas son varias de las expresiones o mejor dicho sensaciones con las que salimos todos los dias a la calle, por que a quien no le han pegado un susto, cuando en el momento en que uno esta mas distraido te llegan entre 2 o mas tipos y dicen shh shh hey tranquilito, tranquilito, quedate quietecito(a) dame esto dame lo otro y dame, (lo unico que se salvan y algunos es que te digan dame el culo!!), pero ya eso entra en otras historias, lo cierto es que ultimamente de unos años para aca ya no se puede andar descuidado por la calle ni en ningun lugar, por que nadie se salva y si no te han llegado que lo dudo, seguramente has escuchado a un familiar, a un amigo o un conocido que te ha contado, vertale me acaban de atracar y uno de idiota le pregunta y como fue?? Provoca decirle a lo mejor fue con un ramo de flores imbecil!!, pero claro uno asustado comienza a relatar su historia triste donde fue despojado de sus objetos personales, esto claro está lo hace uno pensando en que contandolo van a agarrar a los ladrones o reapareceran las cosas, sin embargo yo he llegado a decifrar otra teoria.

En primer lugar para liberar la adrenalina que llevas despues del susto del asalto, ésta normalmente hace que las piernas te tiemblen como gelatina a medio cuajar, como segundo plano, para decir que tan valiente o sensato fuiste en ese momento, por que nunca cuentas que estabas super cagao y casi lloras eso es fijo, y como ultimo, lo cuentas para que la gente te diga coño pana que mal!! pero nadie te dice aqui tienes 100.000 o 500.000 para que te compres algo de lo que te quitaron, es como un lo siento pero te jodiste!, y de verdad esa es la sensación que queda , que ya lo perdido, perdido está "ojo vale mas la vida" asi que entregen lo que piden no sean bolsas!!. Sin embargo les voy a comentar algunos tips claves para que no sean victimas:

Como es comun en estas historias el 70% a los que les han quitado el carro ha sido bajandose o montandose, el otro 30% es por estar hablando con el vecino o haciendo cevito (hablando) con la novia o la que le estas echando los perros (cortejando), estas situaciones son clasicas por eso pongan atención.

Cuando esten llegando a un sitio no se confien que es publico o no, a cualquier sitio inclusive el garaje de su casa, presten atención en las personas si son conocidas o no y cuantas hay, comunmente son dos personas, hombres o hombre y mujer, tomando estas precauciones evitaran por lo menos ser sorprendidos.

En el caso de quedarse en el frente de la casa hablando o haciendo cualquier cosa, es fatal si vas a hacerlo esta siempre atento y si se acercan personas asi esten bien vestidas, señores entren y cierren no pequen de bolsas como han caido varios conocidos e inclusive yo mismo.

Lamentablemente es la realidad y hasta que nuestros queridos Gobernantes hagan algo lo unico que podemos hacer es evitar ser victimas.

Cuento creado

Dos talentos chilenos

Era un día cualquiera para Juan Carlos y Damián ellos eran dos jóvenes de 18 años que eran muy esforzados que vivian en una población muy humilde de concepción, eran compañeros de curso en el colegio salesiano concepción ambos cursaban 4 medio industria y su especialidad era mecánica automotriz, eran alegres y los dos sentían una gran pasión por la música especialmente por el estilo hip hop.

Los días viernes se juntaban con sus amigos en las plazas que se encontraban cerca de de su hogar a cantar y practicar canciones que ellos mismos inventaban o como ellos les decían freestaliar(improvisar). Por los vecinos no eran muy queridos ya que decían que eran malas juntas que eran delincuentes pero ellos no lso tomaban en cuenta ya que no por unos tontos comentarios iban a dejar de hacer lo que les gustaba.

Al otro día Juan Carlos salía a jugar al futbol por el carrera de concepción, mientras que Damián se levanta temprano e iba a confirmación a su colegio, de regreso Damián observa un papel pegado en la pared que decía: Se busca nuevos talentos chilenos. Al verlo se emociona ya que se le ocurre la idea de que esta es la gran oportunidad para poder cantar y ganar ese concurso y los premios que consistían en $200.000 y 1 mes gratis en una sala de estudio para grabar su propio disco.

Pero la única dificultad y lo que los separaba era que la inscripción al concurso costaba $20.000 cuyo dinero no tenían, pero, al contarle Damián a Juan Carlos se les ocurrió subirse a las micros para así al estar arriba cantar canciones a cambio de una recompensa personal de cada pasajero y con ello conseguirían el dinero y se quitarían la vergüenza y ganarían mas personalidad y con ello demostrarían que tienen talento para el hip hop.

Ya era el día que ellos estaban esperando con tanto sueño y con esperanza que ese sería su día, los dos viajan hacia la tortuga de Talcahuano donde se realizara el concurso y al bajarse ven la inmensa cantidad de público que estaba haciendo fila para poder entrar a ver el evento, en ese momento recordaron por todo lo que habían pasado para poder llegado hasta ahí y eso le dio fuerza para no caerse en la timidez y salir al escenario con todo lo que ellos sabían.

Pasaron los minutos y les toco el momento de saltar a la tarima y como eran novatos no sabían como llamarse luego de un momento de pensarlo se decieron llamar: mic aberración y competían con un grupo llamado enlace 041, era un tema cada uno mic aberración presento el tema graffity que se trataba de la forma que toman algunas personas para poder expresar lo que sienten en cambio enlace 041 canto algo dedicado a la población. El jurado y el publico encontraron mucho mejor el tema de mic aberración dándolos como ganadores, asi pasaron las fases de cada competencia hasta llegar a la final.

Era la gran final y el sueño de poder darse a conocer por primera vez en su vida estaba al alcance de sus manos solo dependía de ellos, en el momento se median con elixir de beat el grupo revelación del año 2009 pero ellos confiaban en lo que podían hacer y que con sus rimas le podrían ganar, al final los jueces dieron como ganadores a elixir de beat, juan carlos y damian muy decepcionados se marchaban a su casa cuando aparece un productor diciéndoles que ellos le habían parecido muy buenos y que veía que tenían talento asi que les ofreció que si querían podían usar su estudio.Y asi después de mucho sacrificio graban su 1 disco y se hacen muy conocidos en las calles y sus canciones se escuchaban por todos lados.

Mundo Onirico 1º


Mundo Onirico (Gutierrez)
Definición:  El mundo onírico aborda aquellos textos literarios que tienen algún tema que contenga relación con sueños, pesadillas o algunas historias que presenten quiebres con la lógica cotidiana o diaria. Principalmente estos textos literarios presentan sueños de algún personaje que se confunde con la realidad de verdad, Provocando una especie de confusión abecés entre sueño y realidad produciendo en el lector la duda si lo que se esta relatando es sueño o es parte de la realidad. Además  estos sueños pueden incluir fantasía y cosas fuera de si pero luego al despertar volver a lo lógico y normal.

Ejemplo.


Onírico
La noche boca arriba
[Cuento. Texto completo] Julio Cortázar
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
 le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

Link :





El Ángel de mis Sueños (Cuento Onírico)
  Cuento creado por mi.

Este relato comienza en la pequeña ciudad de San Francisco, esta es la historia de Juan y su ángel guardián ósea yo y el ángel de mis sueños.
Todo Comenzó una noche en un sueño muy extraño en el que me hice amigo de ese ángel pero en mis sueños. El era muy extraño en cuanto a que yo no podía comprender lo que a veces me quería decir.
En los sueños que el aparecía, cosa que era todas las noches, Siempre trataba de darme consejos y cosas que luego me servían era como un amigo pero en sueños y con dos grandes alas.
Lo extraño de este nuevo amigo era que su rostro siempre algo lo tapaba si no era algo nubloso era cualquier cosa o si no era que yo justo miraba en otra dirección.

Los sueños principalmente eran en paisajes fantásticamente hermosos con caminos y cosas que dejaban alguna moraleja o enseñanza, es por eso que era muy divertido volver a la cama a dormir y descansar y así volver a encontrarme con mi amigo el ángel del cual no sabia ni su nombre ni porque me ayudaba.
También había noches en que en los sueño me llevaba a ver cosas muy atroces y a la vez injustas y también como las personas veían esas injusticias sin hacer nada por afectados como si fueran invisibles los problemas de sus pares, en esos momentos yo me preguntaba si uno no esta aquí para ayudar a su prójimo entonces para que esta aquí uno.

En fin a veces era hora de despertar y en el día veía muchas cosas similares a lo de las atroces injusticias de mis sueños, quizás con menos barbaridades pero causaban casi el mismo daño. Como empresarios que compraban colegios para demolerlos y luego construir ahí centros comerciales y cosas de bien propio y material sin importar la educación de cientos de niños.
También que como mis sueños en hermosos paisajes en vez de ver esos hermosos paisajes veía personas asiendo hermosas obras por otras personas ayudando, dando todo de si. Eso me hacia pensar que porque el ángel de mis sueños me mostraba todo eso, quizás quería que yo hiciera algo por alguien y al fin tanto pensar llegué a la conclusión que cuando cayera la noche nuevamente y estuviera en mis sueños le preguntaría muchas cosas.






Fue tanto lo que me propuse preguntarle al ángel que cuando cayo la noche en mis sueños le pregunte ¿Quién eres? Y el respondió.
- Soy quien crees tu que soy. Soy quien tu quieras que sea y soy quien hace las cosas por algo quien quiere que tu sepas y aprendas para poder enseñarles a los demás quien es que soy yo.
Fue tanto la impresión de su respuesta no solo porque jamás me había hablado sino que también su voz fue como una paz interior.
Desde hay no quería dejar de escuchar esa voz que me llamaba a hacer el bien ayudar a mi prójimo y ser una buena persona de alma y corazón valorando mas lo espiritual que lo material.

Pero uno y su juventud y la inmadures lo arruina todo.
Luego de eso paso un mes sin encontrármelo en algún sueño y su voz se me olvido y lo que intentaban enseñarme sus palabras se esfumo.
Era como si todo lo que había aprendido con esas visiones había quedado en cero nuevamente. Caí en la tentación de desvalorar a las personas y darle mas importancia a lo material y lo superficial.
Era como algo tan entupido lo que me estaba pasando savia que las cosas que hacían estaban mal pero mi poca voluntad por cambiar mi poco interés y dejarme llevar por la vida fácil me mantenían en la mediocridad aunque supiera que eso estaba mal.

Luego de un tiempo me di cuenta que era obvio lo que me pasaba.
Era el mal de la juventud que si no hay alguien o algo presionando para que algo se haga bien eso no se hace bien.
Antes soñaba cosas que me dejaban maravillado y me enseñaban.
Ahora soñaba con amores pasajeros juegos de video dinero y cosas materiales. Y aunque tenia las ganas de cambiar la flojera no me dejaba seguía siendo mediocre estudiando poco dejándome llevar por las estupideces. Soñaba y soñaba pero esos sueños eran tan irreales
Solía soñar con realidades aparentemente paradisíacas pero en realidad me gustaba mas mi anterior vida. Ahora ya no me diferenciaba de los demás mediocres los que mi ángel no quería que yo fuera.

Hasta que decidí pensar lo que me había dicho ese ángel y lo que mas recordaba que me había dicho era que yo debía ser una buena persona y que yo les enseñaría a los demás quien era el. Luego de pensar y pensar recostado en mi cama me quede dormido y volví a soñar con ese ángel pero esta vez era un escenario diferente pero ya lo conocía eran unos grandes portones con un piso de nubes y al caminar Asia la entrada estaba mi ángel quien me dijo. Tu Juan te dije que no fueras mediocre te dije que te esforzaras te dije que no humillaras pecaras fueras impuro, que no humillaras ni hicieras sufrir a tu prójimo. Te dije que fueras  buen cristiano todo te lo dije te dije esfuérzate no envidies ama no odies y haz el bien en general no me hiciste caso y ahora aquí no puedes entrar.
Te pedí que enseñaras a los otros a ser  bueno y no lo hiciste.
Ahora tu estas apunto de morir luego de esto sufrirás un infarto y que has hecho en tu vida solo patrañas y solo queda arrepentirse y haber que mas puedes hacer para salvarte del infierno y entrar al paraíso.

Luego de esto Desperté No entendía nada tenia tanto dolor en el cuerpo
Luego me entere todo eso había sido un sueño un sueño que dentro de el tenia otro sueño. Había estado en coma por 6 meses por conducir ebrio por una carretera y sufrir un accidente pero ya era hora de cambiar.




Mundo Onirico 2

(Coloma)
Mundo Onírico,
David Coloma
Mundo Onírico: este mundo busca confundir a los lectores incorporando dentro de la realidad del mundo narrativo sueños, pesadillas y ensueños. Así poder persuadir a los lectores de que los sueños son parte de la realidad.
Gabriel García Márquez

Ojos de perro azul

Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».
La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla:
«Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.
Ahora, cuando acabó de hablar, yo seguía en el rincón, sentado, haciendo equilibrio en la silla. «Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte ―dije― . Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo, siempre he olvidado al despertar cuáles son las palabras con que puedo encontrarte». Y ella dijo: «Tú mismo las inventaste desde el primer día». Y yo le dije: «Las inventé porque te vi los ojos de ceniza. Pero nunca las recuerdo a la mañana siguiente . Y ella, con los puños cerrados junto al velador, respiró hondo: «Si por lo menos pudiera recordar ahora en qué ciudad lo he estado escribiendo».
Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. «Me gustaría tocarte ahora», dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre: levantó la mirada ardiendo, asándose también como ella, como sus manos: y yo sentí que me vio, en el rincón, donde seguía sentado, meciéndome en el asiento. «Nunca me habías dicho eso», dijo. «Ahora lo digo y es verdad», dije. Al otro lado del velador ella pidió un cigarrillo. La colilla había desaparecido de entre mis dedos. Había olvidado que estaba fumando. Dijo: «No sé por qué no puedo recordar dónde lo he escrito». Y yo le dije: «Por lo mismo que yo no podré recordar mañana las palabras». Y ella dijo, triste: «No. Es que a veces creo que eso también lo he soñado». Me puse en pie y caminé hacia el velador. Ella estaba un poco más allá, y yo seguía caminando, con los cigarrillos y los fósforos en la mano, que no pasaría el velador. Le tendí el cigarrillo. Ella lo apretó entre los labios y se inclinó para alcanzar la llama, antes que yo tuviera tiempo de encender el fósforo. «En alguna ciudad del mundo, en todas las paredes, tienen que estar escritas esas palabras: “Ojos de perro azul” dije―. Si mañana las recordara iría a buscarte». Ella levantó otra vez la cabeza y tenía ya la brasa encendida en los labios. «Ojos de perro azul», suspiró, recordando, con el cigarrillo caído sobre la barba y un ojo a medio cerrar. Aspiró después el humo, con el cigarrillo entre los dedos, y exclamó: «Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor». Y lo dijo con la voz un poco tibia y huidiza, como si no lo hubiera dicho realmente sino como si lo hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: «Estoy entrando ―y ella hubiera seguido con el papelito entre el pulgar y el índice, dándole vueltas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer ― ...en calor», antes que el papelito se consumiera por completo y cayera al suelo arrugado, disminuido, convertido en un liviano polvo de ceniza. «Así es mejor ―dije―. A veces me da miedo verte así. Temblando junto al velador».
Nos veíamos desde hacía varios años. A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos. Poco a poco habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las cosas, a los acontecimientos más simples. Nuestros encuentros terminaban siempre así, con el caer de una cucharita en la madrugada.
Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños».
Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. «Me gustaría tocarte», volvía a decir. Y ella dijo: «Lo echarías todo a perder ―volvió a decir, antes que yo pudiera tocarla―. Tal vez, si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo». Pero yo insistí: «No importa». Y ella dijo: «Si diéramos vuelta a la almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado». Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: «Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la rodilla y repitiendo hasta el amanecer: “Ojos de perro azul”».
Entonces yo me quedé con la cara contra la pared. «Ya está amaneciendo ―dije sin mirarla―. Cuando dieron las dos estaba despierto y de eso hace mucho rato». Yo me dirigí hacia la puerta. Cuando tenía agarrada la manivela, oí otra vez su voz igual, invariable: «No abras esa puerta ―dijo―. El corredor está lleno de sueños difíciles». Y yo le dije: «Cómo lo sabes?». Y ella me dijo: «Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dormida sobre el corazón». Yo tenía la puerta entreabierta. Moví un poco la hoja y un airecillo frío y tenue me trajo un fresco olor a tierra vegetal, a campo húmedo. Ella habló otra vez. Yo di la vuelta, moviendo todavía la hoja montada en goznes silenciosos, y le dije: «Creo que no hay ningún corredor aquí afuera. Siento el olor del campo». Y ella, un poco lejana ya, me dijo: «Conozco esto más que tú. Lo que pasa es que allá afuera está una mujer soñando con el campo». Se cruzó de brazos sobre la llama. Siguió hablando: «Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad». Yo recordaba haber visto la mujer en algún sueño anterior, pero sabía, ya con la puerta entreabierta, que dentro de media hora debía bajar al desayuno. Y dije: «De todos modos, tengo que salir de aquí para despertar».
Afuera el viento aleteó un instante, se quedó quieto después y se oyó la respiración de un durmiente que acababa de darse vuelta en la cama. El viento del campo se suspendió. Ya no hubo más olores. «Mañana te reconoceré por eso ―dije―. Te reconoceré cuando vea en la calle una mujer que escriba en las paredes: “Ojos de perro azul”». Y ella, con una sonrisa triste ―que era ya una sonrisa de entrega a lo imposible, a lo inalcanzable―, dijo: «Sin embargo no recordarás nada durante el día». Y volvió a poner las manos sobre el velador, con el semblante oscurecido por una niebla amarga: «Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado».
http://www.literatura.us/garciamarquez/perroazul.html
Trauma (Creación)
Jonathan, o John como lo llamaban, era un adolescente de 16 años de edad que vivía en un pueblito llamado San Carlos, ubicado al norte de Chillan a unos 35 km. De esta ciudad aproximadamente, A su mama le gustaba mirar la televisión y estar sentada en el computador, pero a veces salía a pasear al campo con su familia y amigos.
John no le gustaba mucho asistir mucho a la escuela, él prefería estar al aire libre. Un día salio a pasear en bicicleta al cerro y se canso tanto que quiso tomar un descanso en un sauce que estaba a la orilla del camino, en un instante se quedo totalmente dormido , de pronto cuando levantaba la cabeza se da cuenta que se encuentra en un banco del colegio y el profesor le señalaba que no pierda el tiempo y que hiciera la área, john se impresiono al escuchar al profesor y le pregunto a su compañero en donde se había quedado dormido, pero no le contesto. John se paro de la silla a preguntarle al profesor y se tropezó con una mochila, y de pronto despertó bajo el sauce.
3Cuando John abre los ojos, ve su bicicleta, impresionado dice: ¡Hooooo!, que sueño más estresante, hasta pensé que estaba en el colegio. Luego john toma su bicicleta y sale rumbo a su hogar.
Unas semanas después John ve un celular en la vitrina de una tienda, se decidió a juntar dinero para poder comprárselo, hasta que llego un día y se lo compró.
Cuando tuvo el celular en sus manos, lo cuidaba mucho, como a un tesoro, pero un día cuando estaba en la plaza del pueblo, alguien lo empujo a la pileta y cuando nadaba recordó que tenia el celular en el bolsillo y de un momento a otro salio del agua con mucha rapidez y apago su celular.
John se subió al auto de su tío, que no sabia el destino que se dirigían, en el camino john fue desarmando el celular, para poder secarlo, dándose cuenta que se encontraba en buen estado. De repente abre los ojos y se encuentra en la casa de su abuela y se dijo a si mismo: pero si yo estoy en mi casa, pareciéndole muy raro todo, john se dirige hacia la cocina en la casa de su abuela, de pronto aparecen dos ratones desde el patio, John impresionado se dirige a ver su celular en el velador y se da cuenta que no se había caído al agua y que todo fue un a especie de ilusión.
Buscando una explicación para este raro acontecimiento se asusto , despertó de un salto y como si no hubiera pasado nada sigue su día normal, no se acordaba de lo sucedido , hasta que un día va con su hermano Juan a una piscina de un amigo , recordó en un instante el sueño y se acordó de dejar el celular lejos de la piscina, ha John lo veían muy afligido y Juan le pregunto ¿que te pasa?, John dijo es que el otro día soñé que se me caía el celular al agua pero me pareció muy real.
Juan dice Jonathan estas loco si tu celular se te cayo el otro día en estanque de los gansos … Encontró algo raro y se preocupo mucho ho! Que me pasa estoy loco y lo despierta con un golpe en la cabeza diciéndole si tu celular tiene seguro la otro semana lo iremos a cambiar , Jonathan se da cuenta que esta es su realidad y le dice a su hermano porque me despiertas … Juan le responde- por que estabas hablando de tu celular durmiendo jajá jajá que eres chistoso.
FIN

Mundo Mitico.

El mundo mítico es un mundo en donde reina el protagonismo de los dioses, semidioses, héroes, etc. Esto se debe ya que el relato mítico busca el origen de algo tal puede ser un lugar, un objeto, etc. En los tiempos antiguos los relatos se realizaba oralmente perjudicando cada vez que lo relataban a la verdadera versión.

A continuación veremos un ejemplar:

La Leyenda de Pegaso

Pegaso es un caballo alado. Su nombre proviene de la palabra griega phgh, que significaba manantial, pues se decía que había nacido en las fuentes del Océano.

Hay varias versiones de su nacimiento. Por un lado se decía que había nacido del cuello de la Gorgona, cuando Perseo la mató en el mar. En esta perspectiva, resulta que su padre es Poseidón, y Crisaor su hermano gemelo.

Otra versión sostiene que nació en la tierra, fecundado por la sangre derramada de la Gorgona, cuando Perseo la mató.

Una vez que nació, Pegaso fue al Olimpo, donde se puso a las órdenes de Zeus, al llevarle el rayo.

El papel de Pegaso más importante es en la leyenda de Belerofonte, sobre la que hay diversos argumentos. Por un lado, se decía que Pegaso había sido regalado a Belerofonte por la diosa Atenea (diosa de la sabiduría), pero según otras historias fue Poseidón el que dio el caballo a Belerofonte. También se contaba que el héroe lo había encontrado, cuando bebía en la fuente de Pirene.

Fue gracias a Pegaso que Belerofonte pudo matar a la Quimera y lograr por sí solo la victoria sobre las Amazonas.

Cuando Belerofonte muere, Pegaso volvió a la morada de los dioses. Tiempo después, se dio el concurso de canto que enfrentó a las Musas con las hijas de Píero. El Monte Helicón estaba muy complacido por la belleza de las voces, por lo que empezó a crecer amenazando con llegar al cielo.

Al ver el peligro, Poseidón le ordenó a Pegaso que fuera y golpeara a la montaña con uno de sus cascos para ordenarle qe volviera a su tamaño normal, a lo que la montaña obedeció dócilmente. Pero, en el lugar donde Pegaso la había golpeado brotó la Fuente Hipocrene, o Fuente del Caballo.

Por último, Zeus lo convirtió en Constelación, para que fuera eterno. Cuando esto sucedió, un pluma de sus alas cayó cerca de Tarso, y así la ciudad adoptó su nombre.

http://www.guiascostarica.com/mitos/grecia30.htm

EL DIOS DEL FIN

Se dice que es el hijo perdido de hades o no se sabe si es el hermano en fin nadie tiene mucha información sobre este ser ya que al solo mencionarlo la gente normal muere, hasta Zeus evita cualquier tema que involucre a este dios, es temido por todos ya que su poder es insuperable, está en todos lados, escucha todo, lo ve todo .Los ancianos mas respetados de Grecia decían que era el creador de todo la galaxia y como este dios creo todo, tenía el poder para destruirlo en menos de que una persona serrara los ojos, pero por ahora no podía pues se encontraba encerrado en una caja guardada en lo más peligroso del Olimpo.

es el lugar donde nadie se atreve a entrar ya que guardianes con poderes y formas inimaginables cuidan esta caja atada por 12 cadenas de oro hechizado por los mejores brujos de la historia de la humanidad entre los cuales se encuentra Merlín quien detuvo a este dios más de una vez ya que trataba de destruir el planeta creando movimientos violentos de tierra y hacia que las aguas celestes y hermosa de los mares se volvieran sucias turbias e inundaran las ciudades destruyendo todo a su paso, mujeres, niños, hombres, animales, casas, templos, etc. lo único que no controlaba era el viento, las tormentas ,rayos y esas cosas por el estilo ya que como bien sabemos las controla Zeus y las controla a la perfección.

Merlín es unos de los pocos seres con sangre humana que a podido ver a los ojos a este dios , y esta fue la descripción que escribió en sus antiguos libros: se llama dairen su nombre lo tenía tatuado en su pecho totalmente musculoso digno de ser el cuerpo del dios más poderoso, en su espalda tenia tatuado una nota musical llena de llamas, en su mano derecha cargaba un arpa muy bella con la cual al solo mover una cuerda podía causar que las tierras se movieran violentamente como al igual crecieran los más hermosos bosques, en la muñeca de su mano izquierda tenía un reloj el cual no tenia marcadas las oras lo que indica que para él no existe el tiempo.

En toda la historia de la humanidad se han preguntado quien hizo los moais de la isla de pascua quien los construyo, como las personas fueron capases de mover rocas enormes hasta la orilla de la playa, pero solamente los antiguos guerreros de la isla de pascua saben la verdad, el autor de estas bellezas fue dairen este misterioso dios, es un dios muy misterioso que no tan solo hace catástrofes si no también cosas totalmente hermosas.

En unos de los moais dairen dejo escrito antes de que lo encerraran en esa horrible caja que volvería el año 2012 con todo su poder para destruir parte por parte a la humanidad y todo el planeta.

En mi opinión dairen es un dios como cualquier persona, que está enojado con la humanidad y los seres de este mundo por alguna razón que nadie sabe quizás es porque lo dejaron encerrado quizás este odio viene desde mucho antes…


Mundo Realista

(H. Sandoval)

Definición

El Cuento Realista es aquel que presenta acontecimientos que ocurren en la vida real, se diferencia del texto cotidiano en que en el texto realista, todo o la mayoría de las acciones narradas se cuentan con lujo de detalles para que al lector le dé la sensación de estar dentro del cuento.

Ejemplo del Tipo de Cuento

LEOPOLDO ALAS, "CLARÍN"

¡Adiós, "Cordera"!

¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.
El
prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.
Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que aplicado al oído parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba? Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.
La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.
Asistía a los juegos de los pastorcitos encargados de Ilindarla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina. ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!
Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y después sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca.
"El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas adelante . . , ¡todo eso estaba tan lejos!"
Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose; más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por 'a trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas.
Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol, a veces entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego,.tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las peñas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros, empezaban a brillar algunas estrellas en lo más oscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad soñadora de la solemne y seria naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera, que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blanco son de perezosa esquila.
En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la zavala del Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados y nobles movimientos, aire y contornos de ídolo destronado, Caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.
Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura, y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.
En tiempos difíciles Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.
En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba y el narvaso para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que le hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:
-Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí.
Estos recuerdos. estos lazos son de los que no se olvidan. Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía meter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida. en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.
Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera. y no pasó de ahí: antes de poder comprar la segunda se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera. el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. Ya Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje. señalándola como salvación de la familia.
"Cuidadla; es vuestro sustento". parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo. El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo. y allá en el Somonte. Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había que decir palabra a los neños. Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor, Antón echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante. sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. "Sin duda, mío pá la había llevado al xatu." No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.
AI oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.
No había vendido porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chìnta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. "No se dirá -pensaba- que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale." Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino par la carretera de Candás, adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.
En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera: un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio el último ataque, algo borracho.. (Fragmento).

Historia de la Catastrofe en Punta Lavapié

Erase una vez, un poblado muy pequeño llamado Punta Lavapié, que está ubicado en la octava región, específicamente en la comuna de Arauco. Este es un pueblito que está compuesto geográficamente por un cerro grande y a los pies se ubica la mar, la mayoría de sus casas y calles están en los cerros excepto las que están al borde del mar. Dentro de la Población casi ni se encuentran sectores amplios planos. Está casi en frente de la Isla Santa María por lo tanto tiene una vista indescriptible debido a su cercanía. Su Gente es gente muy amable y trabajadora, típica de los pueblos del sur de nuestro país, su principal actividad laboral es la pesca y todo lo que tenga que ver con productos que vengan desde las aguas del mar, sobre todo algas, locos, machas, almejas, Lenguados y Corvinas, donde estos dos últimos tienen mucha producción y venta.

Aquí en esta ciudad, vivían Pedro y José. Ellos eran dos hermanos que han vivido toda su vida dentro del pueblo y ya estaban acostumbrados a la vida del lugar, sus Padres eran Joaquín, que era un pescador ambulante dentro del poblado, y Cecilia que trabajaba en una panadería, cerca de la casa de donde vivían. Pedro tenía 13 años, era el hermano menor y el más tranquilo, tenía el pelo negro, era de estatura más o menos baja y usaba ropa cómoda en vez de estar a la moda, no practicaba mucho deporte, pero sí era muy poco probable que algo lo agotara, también le gustaba tocar la guitarra para entretenerse a sí mismo o a los demás. José era el hermano mayor, tenía dieciséis años y poseía un carácter mucho mas fuerte al de Pedro, era alto de pelo ondulado, usaba ropa a la moda y todos los fin de semana se adhería a su pasión que era el fútbol, le gustaba salir con los amigos del sector ya que siempre, sobretodo en el verano organizaban salidas a la playa o a algún lugar cercano para entretenerse y pasarla bien. En general los dos hermanos tenían una buena relación y pocas veces se escuchaba de que tenían peleas o discusiones o algo parecido.

Un día, en verano, estando a punto de terminar las vacaciones, los dos hermanos deciden hacer su última salida a un sector que era el preferido por ellos y sus amigos en la playa para acampar durante todo el fin de semana. Entonces el día Lunes 21 de Febrero, lo empiezan como un día ideal, ayudando a hacer cosas del hogar, ayudando a su madre en la panadería y a su padre en el tema de la pesca, haciendo todo lo posible para portarse bien y que les den permiso para poder salir ese viernes y llegar el domingo de nuevo a su hogar. Y así mismo se fueron pasando el martes, miércoles y jueves, donde decidieron preguntarle a su madre. Pedro va, se acerca a la cocina, ve a su madre y le dice: –Mamá, tengo que decirte algo– dice Pedro el menor – ¿Te pasó algo malo Pedrito?– Pregunta su madre con extrañeza – No, mamá no te preocupes, no es nada malo, pero es que, yo quería pedirte permiso para ir con José a acampar a la playa mañana viernes y quedarnos hasta el domingo en la tarde, entonces, ¿Tú nos puedes dar permiso? – La Madre responde –Como se han portado muy bien en esta semana y como ya es el último fin de semana antes de que entren al colegio, les tendré que dar permiso, está bien? – Obvio mamá, gracias– Responde con alegría Pedro después de la autorización que le dio su madre. Entonces inmediatamente después de lo ocurrido va en dirección hacia la habitación que comparte con su hermano, y José que estaba poco menos rezando para que resultara lo de la salida, lo recibe con ansias y le pregunta: – ¿Que te dijeron? – Y Pedro responde con una alegría incontenible – ¡Me dijeron que sí! – y los dos hermanos contentos prepararon sus cosas para el viaje del día de mañana y se largaron a dormir.

Ya al otro día, se levantaron un poco tarde pero sin mucha importancia en la hora, ya que la salida estaba planeada dentro de la tarde, y al igual que en los días anteriores de la semana ayudaron en las labores, pero en esta vez, solo las de su madre. Por la tarde, fueron los amigos de los dos hermanos a su casa y ahí ya estaban los dos con sus bolsos y cosas listas para partir hacia la playa. En total eran 7 el grupo de amigos con el que José y Pedro fueron de campamento, todos variaban entre los 13 y 15 años y por ello, José era el mayor del Grupo y el que cuidaba de los demás en caso de cualquier emergencia. Después de unos diez minutos de caminata, llegaron a ese lugar tan deseado y querido por ellos, que estaba ubicado entre rocas costeras. Ahí mismo ubicaron sus carpas y después de terminar los últimos detalles, hicieron un hoyo grande de 5 metros de distancia desde las carpas, para que cualquier subida de marea en la noche no los afectara.

Era ya una noche entretenida del 26 de Febrero, porque tenían bebida y comida de sobra para pasar un excelente rato agradable, además Pedro después sacó su guitarra y empezó a ponerle música al paseo, todos estaban pasándosela muy bien, parecía una fiesta inolvidable para tenerla en el recuerdo después en clases días mas tarde cuando tuvieran su ingreso. Terminó la fiesta, eran ya las dos de la mañana del 27 de febrero y todos se fueron para sus carpas a descansar. Eran las las tres y media de la madrugada y José despierta, porque no podía dormir plenamente tranquilo, entonces se quedó pensando en lo que harían el día de mañana en el día, y se le ocurrieron hartas ideas cuando de pronto siente un ruido por debajo de la carpa y se mueve un poco, pero a los segundos viene un remezón de larga duración, pero entremedio salen todos desesperadamente los que estaban dentro de las carpas y se juntan y se tratan de calmar. Entonces pasan el temblor juntos ahí en la playa ya que era una zona plana y segura en comparación con el cerro, y cuando terminan todos los movimientos telúricos, deciden subir hacia el cerro. En el trayecto trataban de mantener la calma, pero realmente no podían porque tenían ese sentimiento de miedo de que haya pasado alguna catástrofe mayor ya que el sismo fue de una intensidad inmensamente grande que hasta ese momento no se tenia la información exacta de su magnitud. Ya estaban Justo a los pies del cerro y vieron el poblado, no se veía en malas condiciones pero quisieron entrar a sus casas para ver lo que sucedía, ahí cada uno se fue a ver como quedo su casa. José y Pedro entraron a su casa y vieron que estaba todo desparramado, en la cocina, en la sala de estar y en los dormitorios se repetía la misma situación, pero, había cosa más importante que les traía mayor preocupación, su madre y su padre no estaban dentro de la casa. Los Hermanos recorrieron toda la casa buscando a sus Padres, pero no los encontraron ahí dentro.

Después de no encontrar a sus padres en la casa decidieron ir en busca de ellos hacia otros lados. Primero trataron de buscarlos en el cerro, cerca de las casas que estaban cerca del sector, pero no hallaron rastro alguno de ellos, por lo tanto decidieron ir a buscarlos a la playa. En menos de diez minutos llegaron a la orilla de la playa, pero lamentablemente no se veía casi nada ya que era de noche, pero el caos dentro del poblado se estaba masificando. Recorrieron toda la costa buscándolos y al final de la playa, sin darse cuenta debido a la poca visibilidad, viene una ola que los arrastra con todo empujándolos hacia el cerro y los deja con un grave golpe en la cabeza a los dos hermanos y ese fue el final de las vidas de cada uno de ellos. Por otro lado sus padres, que estaban en el otro extremo de la playa, fueron también sucumbidos por la ola gigantesca que pasó a esa hora en ese pequeñito pueblo.

Finalmente días después de ocurrida la catástrofe se encuentran los cuerpos de José, Pedro, Joaquín, Cecilia y de diez personas más que también fueron arrastradas y azotadas por la ola gigantesca que golpeó no solo el pueblo si no que gran parte de la zona centro sur del País.